El síndrome de Stendhal en los videojuegos es posible

Complicado. Complicado enfocar un artículo en el que vamos a hablar de sensaciones. Y es que las sensaciones son totalmente personales y como tales no pueden ser compartidas en su totalidad por los que las viven y los demás. Volvemos a mirar al romanticismo y a su constante búsqueda de la belleza y el goce artístico, a aquellos hombres capaces de quedarse absortos ante una naturaleza inmensa y sobrecogedora, a aquellos viajeros que buscaban la máxima expresión de lo bello en otras épocas pasadas en las que el hombre y su creatividad brillaron por encima de todo lo demás.

Quiero hablar de algo que se acuñó en aquel momento histórico, a principios del siglo XIX y en pleno romanticismo, y que trató de buscar sentido a esa catarata de sensaciones que dejaba totalmente absortos a los románticos cuando, por fin, hallaban la belleza que tanto añoraban: el síndrome de Stendhal. Una enfermedad psicosomática momentánea y leve que a día de hoy se sigue produciendo en determinadas personas cuando llegan a contemplar algo que trasciende su ideal de belleza. Una situación que con suerte habréis vivido en algún videojuego.

Un viaje a Florencia y unas lágrimas

Firenze

Año 1817, el famoso escritor francés Henri-Marie Beyle, más conocido por su seudónimo de Stendhal, se encuentra viajando por Italia preparando el que será su nuevo libro. Una de las paradas obligatorias de su viaje es Florencia, la antigua cuna del renacimiento y hogar de maravillosos artistas como Leonardo DaVinci o Miguel Ángel.

No era casual que en Florencia se diesen cita artistas de esta envergadura ya que durante años la poderosa familia de los Médici se había encargado del mecenazgo de incontables pintores, escultores y arquitectos. El paso del tiempo, tras décadas protegiendo y apoyando el talento artístico, había convertido a Florencia en el epicentro del arte renacentista y mausoleo de incontables obras artísticas y arquitectónicas de gran calado e importancia histórica.

Pero volvamos a la Florencia del 1817. Stendhal se hallaba frente a la Basílica de la Santa Cruz y sufrió un extraño percance. Su corazón se aceleró, sudores fríos recorrieron su cuerpo y una ligera sensación de mareo se apoderó de su cabeza mientras contemplaba, extasiado, la belleza de la Basílica remodelada radicalmente por Vasari hacía tanto tiempo. Era el hombre frente a la belleza. Un pequeño ser humano frente a un gran poder que lo supera y lo sublima.

    “Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme.” Stendhal, “Nápoles y Florencia: un viaje de Milán a Reggio.“

Quizá Stendhal fue el primero en hablar abiertamente de una sensación que inundaba a los espíritus románticos de la época pero tuvimos que esperar hasta 1979 para que la psiquiatra italiana Graziella Margherini lo estudiase en profundidad. Y ahí apareció el concepto de “síndrome” junto a una larga lista de casos similares entre turistas y visitantes de Florencia. El síndrome de Stendhal había nacido y con él se le había puesto nombre a esa reacción romántica del hombre ante el exceso de belleza.

Cumplir las expectativas y superarlas

    “La belleza no es más que la promesa de la felicidad”. Stendhal

A día de hoy me pregunto si el síndrome de Stendhal tiene más que ver con las expectativas y si se cumplen, se incumplen o se superan, que con la apreciación esotérica de “lo que es bello” y lo que no lo es.

En esta época recibimos tantos impactos visuales y culturales por día, hora y minuto que es imposible no tener referencias previas de algo. Algo que de no haberlas tenido puede que nos hubiera impactado o dejado de impactar, pero nuestra reacción ante ello habría sido pura y sincera. Por eso me inclino a pensar que en el fondo trabajamos sobre las expectativas y si estas se cumplen o se superan cuando realmente nos encontramos cara a cara con esa “explosión de belleza”, es entonces cuando el síndrome de Stendhal se puede desatar. Y se desata.

Yo mismo he visto a gente llorar a lágrima viva en una representación teatral en Broadway: El Fantasma de la Ópera. Tras años leyendo críticas, viendo el montaje por YouTube, escuchando la banda sonora e incluso habiendo visto adaptaciones cinematográficas, la magia del directo superó a todas las expectativas previas y desató el llanto, la sensación de mareo y las palpitaciones.

¿Por qué lloras? -pregunté preocupado a mi acompañante. No hubo respuesta, no sabía por qué. Simplemente llevaba tanto tiempo imaginando cómo sería esa obra en directo que no pudo aguantar la emoción de comprobar que era incluso mejor. El hombre ante un exceso de belleza. Ante unas expectativas superadas. ¿Acaso Stendhal no sabía cómo era previamente la Basílica de la Santa Cruz siendo un amante de la arquitectura? Quizá no es descabellado pensar que superó todas sus expectativas. Algo para lo que el célebre escritor no estaba del todo preparado.

El síndrome de Stendhal en los videojuegos, ¿por qué no?


Y si en aquellos años el hombre era superado por la belleza de la arquitectura, la escultura o la pintura, hoy puede serlo por los videojuegos. Al fin y al cabo hablamos de una situación parecida. El hombre puede enfrentarse a algo inconmensurable, inabarcable por sus sentidos, de una belleza inusitada y que supera todas sus expectativas.

Los videojuegos, en esencia, nos proponen un viaje a un mundo imaginario, un mundo en el que seremos parte protagonista y en el que nuestras decisiones serán clave para el devenir de la aventura. Por eso, cuando un título consigue romper la barrera y darnos la sensación de estar allí, de que somos importantes y de que formamos parte de ese universo independientemente de si es bonito o no, creo que podemos desatar ese mismo torrente de sensaciones que sufrió Stendhal frente a la Basílica de la Santa Cruz.

Tampoco quiero decir que vayamos a desmayarnos extasiados a lo Bécquer, pero sí sentir esa sensación especial e inolvidable de estar dentro, de pertenecer a algo, de estar grabando un recuerdo que permanecerá con nosotros muchos años. Puede que no debamos hablar de videojuegos en general, sino más bien de momentos. De situaciones grabadas a fuego en nuestra memoria, de aquel momento en el que nos sentimos especiales y dejamos de ser un jugador con un mando en la mano para ser el personaje.

Como este artículo es muy personal y os voy a pedir vuestros tres “momentos Stendhal”, debo primero confesar los míos. Tres situaciones en las que me quedé maravillado por lo que tenía delante de mí, tres momentos que superaron mis expectativas y que recordaré siempre. Quizá no sean comparables a la belleza de la Basílica de la Santa Cruz, pero siempre vendrán conmigo:

El paseo por la Ciudadela tras salir de la Normandía en ‘Mass Effect’

Fui el comandante Shepard por un momento. Un momento en el que todas las veces que había imaginado un futuro tecnológico, preciosista y muy en línea con el universo Star Trek se hacía realidad.

La impresionante Ciudadela se extendía ante mi. El Presidium, los jardines, las fuentes, los diferentes personajes que se dirigían a mi como un héroe. Será lo más cerca que esté jamás de cumplir mi sueño y vivir en el mundo del mañana, un mundo en el que la tecnología lo puede todo. Fue también el momento en el que asumí el peso de salvar la Galaxia a toda costa. Inolvidable.

Persiguiendo el horizonte con Agro en ‘Shadow of the Colossus’


No sabía qué iba a encontrarme exactamente ni de qué tamaño eran esos Colosos que me habían pedido aniquilar. Sólo mi fiel acompañante Agro, un destello de luz que marca el camino y un paisaje agreste que recorrer hasta el destino. El inicio de la aventura, la incertidumbre de un juego diferente.

¿Qué me espera al final del camino? Una carrera a contrarreloj por recuperar un amor perdido en un mundo desolado y extrañamente hipnótico. Me dirigía hacia el sol, sentía calor y no sabía porqué estaba dispuesto a arriesgarlo todo por ella. Por traerla de vuelta. Sólo mi espada y Agro. No necesitaba más. No iba a dejar un Coloso con vida.

Un rayo de esperanza al atardecer para John Marston en ‘Red Dead Redemption’


No era un hombre bueno, ni piadoso y posiblemente tenía todos los números para acabar en el infierno. Pero por una vez en la vida intentaba hacer las cosas bien, dejar un mundo mejor tras de mi y buscar la redención a mi modo.

Un atardecer en lo alto de un risco, nadie en kilómetros a la redonda y sólo mi caballo y yo. La belleza del desierto, de lo árido, el vivo retrato del infierno al que iba de camino. Un instante de paz antes de la batalla. El último rayo de esperanza. Al igual que el western, ‘Red Dead Redemption’ vale más por sus silencios que por los momentos de acción. Unos silencios que, para mí, lo harán inolvidable.

Os toca a a vosotros, si os apetece, compartir con el resto de la comunidad vuestros “momentos Stendhal”. Aquellas veces en las que os descubristeis a vosotros mismos ensimismados, con la boca abierta y pensando que lo que estabais viviendo era increíble.

Articulo Original salido en: VidaExtra que ademas se nutre de grandes comentarios, tu tambien visitalos y comenta esa experiencia casi "religiosa" que has pasado al mando de un juego.

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